Mi amistad con Eduardo comienza como un filme de espías. Estando en Toronto, hace unos años, para la presentación de una de mis películas, un desconocido me escribe por redes sociales para invitarme a un café. Yo no tenía mucho que hacer y pensé que hablar con alguien me haría bien. El misterioso hombre en cuestión resultó un ser alegre, hacedor de puentes. Alguien que se dedicaba a conectar a la gente alrededor del mundo. Cuando le conté que estaba a punto de mudarme a Madrid, me soltó: «¡Tienes que conocer a Eduardo López-Collazo!». Y así, sin más, me dio su número.
Después de varios intentos, por fin pude dar con Eduardo y quedamos en un café de Callao. Yo estaba acabado de llegar a la ciudad, sin apenas conocer a nadie, sin amigos, y Eduardo me abrió la posibilidad de la cercanía y me regaló su amistad.
Nunca antes había conocido a alguien como él: esmerado, atento, genial todo el tiempo sin proponérselo y sin pasar trabajo. Obsesionado con el cine, con los autores ilustres y con los libros más importantes de la cultura occidental.
No quiero hablar de su trabajo científico, ni de por qué se ha hecho famoso en el mundillo de la biomedicina. Hoy quiero hablar del Eduardo escritor de novelas, de su Narcisos… del Eduardo más íntimo.
CL: En apenas unos días, Huso Editorial saca en librerías y en Amazon tu primera novela. ¿Qué se van a encontrar los lectores en Narcisos?
ELC: Algunos se encontrarán frente a un espejo, otros también. Es la historia de ocho hombres que deciden abrirse con una psicóloga. Todos quieren solucionar sus problemas o al menos poder convivir con ellos. Carmen, la psicóloga, también tiene su historia… Y es que no todo va de hombres en Narcisos. Te digo que la novela tiene muchas capas y lecturas. La escribí para un público amplio que va desde el lector erudito hasta el buscador de historias para entretenerse, para los hombres y para las mujeres. Los primeros se van a ver muy reflejados, justamente ahora que parece que los hemos olvidado; las segundas verán el reflejo de sus parejas, amigos, y también sus propios miedos… hay que llegar al final de la novela para ello. No te voy te voy a contar más.
¿En quién te inspiraste para Carmen?
Su nombre completo es María Beatriz del Carmen; algunos la llaman Bea y otros Carmen. Da la «casualidad» que las dos psicoanalistas a las que he acudido se llaman Carmen y Beatriz. Sus nombres, frases, pero no vidas, inspiraron el hilo conductor de esta novela. También hay algunas pinceladas de una amiga; pero pinceladas, nada más.
Esos ocho hombres, Oliverio, Alberto, Osvaldo, Claudio, Joaquín, Humberto, Gonzalo y Aisiyú, tienen algo de Eduardo, pero hay uno que tiene mucho más. ¿Con cuál de tus personajes te identificas?
Creo que, en la historia de la literatura, solo Margarite Yourcenar ha logrado ser invisible en una novela; te estoy hablando de Memorias de Adriano. Ergo, la respuesta es sí. Hay fragmentos míos por doquier; en especial uno de los personajes se me parece sospechosamente: Oliverio. De cualquier manera, tal y como digo al principio del libro, algunos personajes son reales y los otros también. Me basé en vidas que he tenido cerca: amigos, conocidos… Lo dejo ahí.
¿Visitas a algún psicólogo o psicóloga? ¿Qué haces por tu salud mental cuando la realidad te aplasta?
Por lo regular vamos al gimnasio para mantener nuestros músculos firmes; lo mismo hay que hacer con el psicólogo para que el cerebro funcione bien. El problema está en el elevado coste de las sesiones de análisis. No todos se lo pueden permitir. Mi primera vez fue con veintimuchos; salí del armario y de pronto me quedé sin amigos. Tuve que ajustar muchas cosas, e ir al psicólogo me ayudó enormemente. Luego he vuelto muchas veces: cuando murió mi madre, cuando murió mi hermana y me quedé sin familia, cuando dos trombos me cambiaron la vida…
¿Te consideras una persona pragmática? ¿Sana?
Sé que doy la sensación de ser terriblemente pragmático; sin embargo, lo que soy es empedernidamente soñador. ¿Sano? Creo que sí, al menos de hábitos.
Saltar a la novela de ficción aludiendo a la mitología griega, a la belleza, al reflejo en el estanque, dice mucho de un autor. ¿Eres un hombre narcisista? ¿Presumido? ¿Tienes miedo de envejecer?
Te confieso algo: guardo un retrato mío en un cobertizo con el objetivo de que sea él quien envejezca y no yo [risas]. Presumido, sin duda lo soy. ¿Narcisista? Sinceramente, creo que mucho menos que la mayoría de las personas que han inspirado la novela.
Hace más de 20 años, la imagen tuya (que eres un hombre guapo, además de inteligente) aparece en los diarios y telediarios de todo el planeta acompañando una noticia importante para la biomedicina. ¿Cómo sentiste en ese momento? ¿Cómo trabajaste para mantener los pies en la tierra?
Lo tengo grabado a fuego, el 8 de marzo de 2005. Era joven e inocente, pero lo encajé bien. Sencillamente, no me lo creí. De cualquier manera, fue un antes y después, para lo bueno y lo malo. Se me abrieron muchas puertas y otras se cerraron. Sufrí hasta bullying; en estos momentos sería denunciable. De nuevo me percaté que el ser humano no soporta el éxito ajeno. Me mantuve firme y seguí pa’lante. Yo pasé hambre en Cuba y tuve que dormir en la calle… ¿Crees que una caterva de imbéciles me iba a reducir?
Desde muy joven te veo viajando, trabajando fuera, siendo codiciado por becas, laboratorios… ¿En esos primeros momentos de triunfo profesional te sentiste vacío por algo?
El triunfo profesional es muy volátil; todos los días tienes que volver a demostrar quién eres, al menos en las profesiones donde la creatividad es el motor. Y yo he escogido la ciencia y la literatura. ¡Imagínate! Siempre me he sentido y me siento vacío de conocimiento; creo que no sé nada, que me quedan secretos por arrancar a la naturaleza. Ese es el principal vacío que experimento en casi todos los momentos. Después están las renuncias. He tenido que renunciar a familia, parejas, sitios…
¿Ha valido la pena?
Creo que sí.
¿Hay un lado-sombra que Eduardo no muestra?
Por supuesto. Y ese lo conocen solo las personas cercanas. Así que calladito, eh [risas].
¿Por qué pasaste a la novela, a la escritura de ficción, teniendo tantos textos de no ficción, críticas, reseñas…?
Lo primero que me nace escribir es ficción: una historia, un cuento, una novela. Si lees mis libros anteriores sobre temas «terribles» como el cáncer o el VIH, son como pequeñas novelas donde además aprendes. Mis columnas también son noveladas, suelo contar una historia personal en cada una de ellas. Es decir, siempre lo he hecho. De pequeño solía escribir poesía e incluso en Cuba logré un premio nacional de cuento cuando tenía 14 años; se llamaba «Intervención». Aún lo recuerdo, pero lo he perdido. Sin embargo, ya sabes que la polimatía es algo que no se entiende muy bien; soy conocido por mi carrera científica, por lo tanto, los primeros libros tenían que ser científicos. Pero al fin puedo ser yo y publicar ficción; le doy las gracias a Huso y en especial a Mayda Bustamante por ello. ¿Sabes que pasaron años de estar escribiendo críticas de danza para una revista inglesa sin que ellos supieran que, además, dirigía un centro de investigaciones? No les cabía en la cabeza que así fuera cuando se los dije.
¿Qué es lo que más extrañas de Cuba?
Llevo casi tres décadas fuera de la Isla Metafórica; así la llamo. Extrañar, lo que se dice extrañar, no extraño nada. Guardo recuerdos lindos; he eliminado los malos que eran muchos. Me quedé con la experiencia de haber vivido un proceso único de unos cuantos aciertos y miles de errores. Quizá, buscando mucho en la memoria, podría echar de menos los deseos de superación constante que vivió mi generación en aquel entonces; luego todo eso se truncó. También ahora me asalta una cierta añoranza por aquellas playas infinitas de arenas blancas y aguas transparentes; te hablo de Varadero. Pero, ya te digo, he tenido que hacer un esfuerzo de memoria.
Naces en Jovellanos y no me queda claro hasta cuándo vives allí. ¿Sales de Jovellanos para Estados Unidos? ¿Para Europa? ¿O para estudiar en La Habana? ¿Cómo era tu vida allí? ¿Fuiste un niño feliz? Tienes en tu personalidad esa capacidad para observar: ¿fuiste un niño introvertido? ¿Cómo era tu madre? ¿Tu padre?
De Jovellanos me fui para La Habana; de allí a Madrid, luego a Alemania y vuelta a Madrid. Entonces, salté el charco para irme a Estados Unidos; más tarde regresé a Madrid y ya me establecí con una posición fija. Para entonces tenía claro que era cubano de nacimiento, español de pasaporte y madrileño-almodovariano de corazón. De cualquier manera, aún me quedan por contarte dos saltos más que hice a posteriori: uno a Estados Unidos y otro al Reino Unido, pero ambos como profesor invitado.
¿Mi vida en Jovellanos? Un infierno soñador. No era un sitio para alguien que soñaba con intentar aprenderlo todo. Era el raro, con acento raro y costumbre raras. Me refugié en leer, escribir e investigar. Pero no creas que fui introvertido; tenía la chispa de divulgador desde niño. Intentaba transmitir lo que sabía a quienes me rodeaba; a veces lo lograba. Recuerdo que monté un cine club en la biblioteca municipal, un taller de literatura con unos amigos y un grupo de espeleología en el colegio. Pero tenía claro que de allí me tenía que ir.
¿Mi padre? Lo contrario a cariñoso; un puto maltratador.
¿Mi madre? Fue mi salvadora; me enseñó a leer con tres años y luego me compró todos los libros que quise.
Ese ritual de cada día 20 dedicarle rosas amarillas a tu madre… ¿De dónde nace eso? Es algo que utilizas en la novela, para uno de tus personajes.
A mí me gustan las rosas amarillas; creo que todo empieza por un verso de Borges: «I offer you the memory of the yellow rose seen at sunset years before you were born». Él lo escribió así, en inglés, la traducción sería: «te ofrezco la memoria de una rosa amarilla, vista en el ocaso, años antes de que hubieses nacido». En el patio de mi casa había un rosal de rosas amarillas; mi madre decía que lo planté yo. La verdad es que no recuerdo haberlo hecho. De cualquier manera, ella me escribía todas las semanas una carta y dentro me enviaba una rosa amarilla que llegaba marchita. Tengo un bowl en casa lleno de esos pétalos. Murió un día 20. Desde entonces, cada 20 subo una rosa amarilla a mis redes. Su última flor la recibí una semana después de su fallecimiento. Uno de los personajes de Narcisos, Oliverio, hace suya esta historia.
En la cama, ¿en qué piensas?
Lissette, una gran amiga que vive en Nueva York y aparece como amiga de Carmen en la novela —además ni siquiera le cambié el nombre—, siempre me decía que yo «en cuanto entraba en contacto visual con la cama, me dormía». Así es. Las pocas veces que no me quedo dormido inmediatamente suelo pensar en situaciones agradables, posibles viajes o un discurso al recibir un premio… Ese que nunca llega. La verdad es que no duro despierto ni un minuto.
¿Qué es lo que más te asusta?
La falta de control, ya lo sé, es un tema que trato con mi psicólogo ahora. Sí, hombre, no me mires así; voy al psicólogo, y ¿qué?
¿Te da miedo el retiro? ¿Envejecer?
No me veo retirado, siempre escribiré. Lo de envejecer, es un tema que ahí está, en el psicólogo. ¿Te he dicho que voy al psicólogo? [Risas].
A todas las personas que entrevisto las torturo con unas preguntas rápidas y sencillas:
– ¿Una ciudad para vivir?
Madrid, por supuesto.
– ¿Una película?
Las amistades peligrosas.
– ¿Un libro?
La consagración de la primavera.
– ¿Un actor de cine?
Bardem.
– ¿Una actriz?
Meryl.
– ¿Con qué muerto célebre te gustaría tomarte un café?
Con nadie. Primero, llevo más tres décadas sin tomar café. Segundo, seguro que a quienes admiro me decepcionarían en la distancia corta. Prefiero seguir así, sin conocerlos. ¡Imagínate que le huele el aliento o no le interesa lo más mínimo mi presencia!
– ¿Te arrepientes de algo?
De no haber aprendido alemán cuando viví en Alemania; me comunicaba en inglés.
– Teniendo una agenda tan apretada y siempre haciendo algo por aprender más, por llenarte de más conocimiento, ¿en qué momento descansas? ¿Qué haces para liberar la mente?
Cuando leo, aprendo y a la vez estoy descansando; no es incompatible. Una película, un ballet, una ópera… esas cosas me relajan. Bueno, también voy al gym casi todos los días.
No puedo dejar de preguntarte algo: ¿está Cuba presente en Narcisos?
Antes de responderte te digo que cada vez que me encuentro con escritores cubanos en el exilio les pregunto por qué siguen escribiendo sobre Cuba. Se lo he preguntado a Zoé [Valdés], al fallecido Cabrera Infante y a los amigos Daína Chaviano y Abilio Estévez. Yo lo veo como un ancla y me he tratado de liberar de ello. En Narcisos hay cubanos, dos personajes son de la Isla Metafórica, pero ellos viven fuera de todo aquello; su realidad, aunque marcada por la hecatombe que ya conocemos, es otra. De cualquier manera, el tema Cuba es difícil desecharlo si naciste allí. Tengo escrita una novela sobre la isla que no ha visto la luz; me propuse que no fuera la primera, ni será la segunda… quizá la tercera si alguna editorial la quiere. Nadie la ha leído aún.
¿Qué es lo próximo para Eduardo López-Collazo?
El año pasado tuve dos trombos y una operación. ¿Cuándo será el próximo? Nadie lo sabe. Por ello, me dedico a hacer estrictamente lo que me gusta: escribir, investigar, leer, aprender, disfrutar de mi tiempo como quiero y con quiero. Creo que no te respondí del todo; si hablas de literatura: ya tengo terminada la segunda parte de Narcisos. Pero antes tendré que vender la primera [risas].
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