Sontag nos habla del implacable derretimiento del tiempo que implica una fotografía, el cuerpo frágil de papel que proyecta el mundo y lo sobrevive. Las fotos de Kenny Lemes no solo atestiguan ese deshielo, también exponen la belleza que habita en el dolor ciego del duro existir. Es alguien enamorado del cuerpo huérfano y del animal moribundo. Ahí es donde se acurruca y proyecta un nido. Su mapa a seguir es el de la cicatriz que cruza el tórax y se expande en el campo solitario de las posibilidades. Vanidoso y discreto, una combinación que parece improbable, pero que en él se vuelve un nudo fuerte. Honesto. Hermoso.
Ha estado armando las escenas en su cabeza. Las imágenes existen antes de que fueran tomadas. Puede incluso prescindir de la cámara eventualmente. Kenny piensa la foto como situación y deseo, luego puede convertirla en imagen o no.

Como le interesa más el azar en el cuerpo que en el espacio, ensaya una arqueología de sí mismo a través de la observación de la herida en los otros. Una herida que suele ser psicológica, política, afectiva o todas a la vez. Casi nunca se retrata. Posar le parece incoherente. El autorretrato llega solo cuando no queda más remedio: se encuentra consigo mismo, algunas veces en su cumpleaños, marcando el tiempo. De alguna manera también se encuentra con la muerte a través del recuerdo de muerte que una fotografía es. Se atrapa y dispara escribiendo su propio memento mori.
Sontag compara obsesivamente la cámara con un revólver. El sonido de cargarla, apuntar y disparar se parecen mucho. Su camisa negra en el autorretrato de sus 39 años dice «Revolver». Es una palabra hermosa, realmente. No soy demasiado dado a hacer ruido de las coincidencias. Siempre están ahí. El misterio es un monstruo inevitable, mucho más grande que esas superposiciones. Me interesa un poco más señalar una coincidencia que carga menos misterio y más rabia: la coincidencia de la voluntad de la muerte de un artista infinitamente bello en la Argentina de Milei. La vida de los artistas y las comunidades más vulnerables se hace más dolorosas ante el desdén y la violencia política de los monstruos de turno.

II.
He pensado en las fotos que hizo Wolfgang Tillmans cuando su novio, el pintor Jochen Klein, murió de forma imprevista en 1997. De todas las fotos de Tillmans, esas pocas hechas en el duelo más violento y de las que casi nunca ha hablado, son las que más me impresionan. Entre ellas, el autorretrato del día en que recogió el estudio de Klein después de su muerte, o.M., 1997: el amante que sobrevive y recoge las palabras, las fotos y los objetos. En la foto, Wolfgang parece dar cuenta del vacío mientras, sentado en el borde de la ventana, le da la espalda al precipicio del paisaje. «¿Qué puede hacer un poco de rabia ante algo tan inmenso como la muerte?», diría años después del autorretrato.
A Kenny no le gusta el fotógrafo alemán, pero ese duelo secreto de Wolfgang lo he relacionado con sus fotos después del 26 de febrero, cuando recibí un correo de despedida. En su caso, asistimos al duelo de lo que él llama «el puñal que nos hiere, y su diamante»: la ausencia de una casa donde alguien te espera… Su obra desafía y deshace un poco a Sontag, Barthes y Benjamin. No hay teoría que se sostenga demasiado frente al dolor; la verdad está sobrevalorada, como también las explicaciones y la belleza. Barthes habla del punctum como el detalle que nos pincha el ojo en una imagen. En la fotografía de Kenny, pienso en la mirada del hermoso chico tuerto de la calle / el antirretroviral marcando la página de un libro / la caligrafía del tatuaje / el alambre torcido caprichosamente por sí mismo / la casita dibujada en su mano. Pero tengo la certeza de que el punctum de Kenny se escapa del rectángulo de la imagen. Está fuera de la foto. Lo que nos apuñala en su fotografía es él mismo: la razón, el amor, la palabra, el cuerpo detrás de la boca negra de la cámara. La sombra de su presencia.
