«No veo las fotos sin palabras». Una conversación con Kenny Lemes 

    Decir que esto es una entrevista me parece mezquino. Cualquier cosa lo parece ahora, en que todo ha quedado reducido de nuevo a la dualidad fundamental de vivir o morir. Una vida entera intentando expandir ese límite, esa oposición cansina, y, quizás, hasta ese posible portazo que muy pocos se atreven a dar. Prefiero usar una vez más el término conversación. Es un término que, curiosamente, tiene la facultad de parecer siempre fresco, aunque se use demasiado. Debe ser porque una conversación, más que con una persona, se sostiene con el tiempo mismo, con esa hermosa capacidad que tenemos los seres humanos de prestar atención. 

    La persona con la que converso hoy se llama Kenny Lemes y me dijo un día que prestar atención era para él la definición más certera del amor. Lo increíble es que esa se me antoja también la definición más certera de su trabajo. Conocí de sus fotos en Instagram y, desde entonces, los ojos que retrata, y me atrevería a decir que hasta inventa, se me aparecen de vez en cuando en medio de mis rutinas, también algunos trozos de piel ajena, colores de piel que se pueden tocar, colores texturas. 

    Kenny Lemes

    Lo invité a conversar porque quería incluir su obra en el curso que estoy impartiendo ahora mismo en la Universidad de Illinois, en Chicago. Le entusiasmó la idea, tanto que no solo me dio vía libre para escoger y combinar sus fotos a mi antojo, sino que respondía solícito y enjundioso a cada pregunta mía, pero siempre usando el lenguaje escrito. Nuestras conversaciones se perfilaron como curiosos intercambios en que yo hablaba sin parar y el escribía sin parar, como si habitáramos mundos comunicativos diferentes y llegó un momento en que cada uno se sentía tan cómodo en su canal que hubiese sido casi sacrílego salir de él. Aun así, hoy me parecen que fueron pocas preguntas las que le hice. 

    Kenny Lemes decidió poner fin a su vida el 26 de febrero de 2025 en su casa de Buenos Aires, la cuidad que lo acogió cuando llegó desde La Habana, siendo aún un niño. Su vida no puede describirse como una vida fácil, por lo que no tardó en acumular heridas que nunca sanaban con la suficiente rapidez antes de la próxima. La manera más efectiva que encontró para alargar su visita a este mundo fue su arte, que él mismo definía como una manera de abstraerse de lo que duele o de convertirlo en algo positivo. «El sufrimiento es una mierda —me dijo— y no hay que romantizarlo, pero siempre funciona como activador de mecanismos bellísimos de pensamiento».  Sin embargo, sabemos que el dolor no es una razón, es más bien lo contrario. 

    Me confesó que él prefería escribir porque era tartamudo y le daba vergüenza no poder expresarse verbalmente con la misma fluidez que las palabras corrían por su mente. Sin embargo, yo intuía que eso era solo un pretexto, o parte de la narración sobre sí mismo. La claridad con que explicaba las cosas que hace, y sobre todo por qué las hace, revelaban una personalidad profundamente reflexiva, donde se arroja un engranaje casi perfecto entre la idea, la imagen y la palabra. No sé si ese es el orden, tal vez sería mejor decir la palabra, la idea y la imagen. Kenny Lemes me dijo un día que el no veía las fotos sin palabras. 

    Lo que reproduzco a continuación expresa ese fluir constante, a borbotones, de sus palabras; interrumpidas brevemente por mis preguntas o provocaciones, pausas que solo sirven de acicate a la llama mental de un fotógrafo que sonó de niño con ser escritor y que a mi juicio lo era. 

    AR: Kenny, ¿crees que tu obra te refleja?

    KL: A mí al final me da un poco de pena porque yo siento que no trabajo desde mi propio cuerpo, yo soy un hombre gay bastante hegemónico, por lo menos en rasgos generales. Yo me he acercado al cuerpo «feo» y luego a la idea de «cuerpo político» casi por rebote, digamos que lo descubrí́. Mis fotos y mi atracción por lo imperfecto creo que aparecen como una manera de relacionarme y, posiblemente, «amigarme» con mi propia imperfección. 

    Yo tuve un accidente cuando era un adolescente y me quedaron tres cicatrices de ese accidente. Esas cicatrices se convirtieron en el centro de mi búsqueda artística y de mi relación con la mirada sobre el mundo. De manera catártica, diría yo.

    Los artistas suelen desarrollar maneras de convertir la mierda en algún tipo de belleza. A veces la belleza no se traduce sólo en cosas bellas, ¿eh?, que no se malinterprete, a veces lo que aparece es una especie de orden, de signos metafóricos…la obra aún puede ser «fea» y estar respaldada por bellísimas ideas. Esa urgencia de los artistas suele ser una manera de mantenerse vivos, de no darse por vencidos, de mantenerse cuerdos, de soportar. Tratar de encontrar una narrativa personal que los ayude a resistir la existencia, ¿sabes?

    Por eso es tan difícil renunciar al trabajo artístico, porque perdemos ese bastón que nos sostiene. Sobre todo, cuando la obra es honesta. Cuando no está́ pensada necesariamente para ser comercializada o para hacerse conocido, en el caso del artista. Si luego eso sucede, aleluya, pero la génesis debería obedecer a la necesidad humana de trascender el dolor. Van Gogh era un tipo sumamente pobre, atormentado por su cabeza, y pintó sin parar hasta que se murió́ de un tiro que él mismo se dioo.

    AR: ¿Siempre fotografiaste personas de la comunidad LGBTQ+?

    KL: Yo quería encontrar mi herida reflejada en otros cuerpos, y retratar esos cuerpos con amor. Probablemente con el mismo amor con el que yo quería que mirasen mis propias heridas. Desentramar, refutar, deconstruir la idea de que no es posible amar lo feo, ¿sabes? O de que no es posible desear lo imperfecto. La quería deconstruir para el mundo, pero esencialmente para mí. Empecé́ a trabajar con lo cuir porque era lo que tenía más cerca, mis círculos más cercanos están llenos de marikas y travestis y locas. Pero no quería trabajar sobre la bandera colorida de «lo LGBTQ+», no quería caer en ese cliché́ enorme y tan poco atractivo. Si iba a trabajar con ese arcoíris, lo iba a hacer desde su sombra. Bajo la sombra de ese arcoíris hay toda una comunidad marginal que usa su cuerpo de manera permanente como un territorio de radicalización y de expresión contracultural. 

    Si lo socialmente deseable es que una mujer trans tenga la apariencia de una mujer heterosexual cis, estas mujeres trans que yo retrato socavan todo lo que tiene que ver con el género y te dan una mujer trans con bigotes y la voz lo más masculina posible. Empujan y empujan los márgenes, los límites que hacen sentir a las sociedades seguras. Los binarismos, lo delimitado, las ideas cerradas sobre las cosas.

    Kenny Lemes

    La comunidad cuir ha aprendido a fracasar y fracasa cada vez mejor. Fracasa cuando en la adolescencia no puede desarrollar sus vínculos amorosos porque les da vergüenza amar adelante de una sociedad que los humilla por sus elecciones afectivas. Los homosexuales amamos a escondidas (generalmente, por supuesto) sobre todo en la adolescencia, cuando estamos en la escuela. Cuando los hombres heterosexuales tienen sus noviecitas, los homosexuales nos encontramos en la oscuridad. Fracasamos cuando a las travestis las echan de sus casas si deciden transicionar, cuando deciden hacerse cargo de una expresión de género diferente a la de su sexo biológico. Fracasamos porque generalmente no conseguimos trabajos formales, porque deseamos de manera oblicua, porque somos los raros, porque elegimos construir familias opuestas a las familias hetero normadas, familias con dos padres o dos madres, o con UNA sola madre, o familias de amigos. No somos NADA de lo que la sociedad nos pide que seamos para ser un ciudadano normal, aceptable.

    Aceptar nuestra tristeza, nuestro fracaso, nuestra anormalidad, es una manera de chocar a propósito, de irrumpir, de ser siempre el churre que molesta.

    La idea de la tristeza como otra manera de socavar la sociedad positivista en la que vivimos y cómo ese positivismo está relacionado con el consumo. Todos los anuncios, las publicidades donde nos venden cosas, usan la felicidad como objetivo. Cómprate estos tenis para ser feliz, toma este yogur para ser feliz, haz este viaje para ser feliz. Yo cojo la tristeza y la hago visible también a propósito. 

    Hay una idea políticamente reaccionaria en abrazar la tristeza, porque es lo opuesto al capitalismo emocional.

    AR: Me llama la atención que a pesar de que siempre repites que llegas a lo político de rebote, tienes ideas muy sólidas y para nada superficiales sobre las implicaciones políticas de la autopercepción del cuerpo o del cuerpo como territorio. 

    KL: Todo este aprendizaje no fue mi primer motor, yo no empecé́ con ese bagaje, todo lo incorporé cuando me fui empapando de los contextos que rodeaban a mis amigos, o a las personas que iba a retratar a barrios super pobres o a sus casas desordenadas y sucias. Aprender a mirar el mundo de mil maneras diferentes, y entender que no existe una sola manera de existir. Y que, volviendo a mi herida, si toda esta gente infeliz, socialmente «fracasada» y caótica era capaz de ser amada, yo podía serlo también. Que había alguien ahí́ afuera que me iba a mirar y yo le iba a parecer el hombre herido más lindo del mundo y que me iba a elegir.

    En medio de todo esto desarrollé una atracción (fotográfica) particular por el cuerpo tatuado. No sólo el tatuaje es una manera de herir la piel, sino que es una manera de decir. 

    Yo soy medio gago. No tengo la gaguera más común que es repetir una sílaba, jaja, sino que no tengo una fluidez oral absoluta. Estoy hablando y me trabo porque hay una palabra que no me sale, no repito un sonido, sino que hago un silencio. Hay un bache.

    La palabra es como si se me quedara atorada en la garganta. Tengo el recuerdo vívido, cuando era chiquito, de oírla a mi mamá decir: «¡niño, suelta la cortina que la vas a romper!», porque estaba tratando de decirle algo y me había cogido de la cortina para hacer fuerza y «expulsar» lo que tenía trabado! 

    Ahora suena hasta tierno, una anécdota al pasar, y sin embargo es una cosa horrorosa…el querer decir algo y que tu cuerpo no te lo permita, que conspire en tu contra. Sentir que tu cuerpo defectuoso es tu cárcel.

    De chiquito por supuesto quería ser escritor, porque el cuerpo y la mente funcionan así́, porque cuando algo te falta la cabeza busca una manera diagonal de suplir esa falta. Si no puedo hablar con la boca, pues hablaré con las manos, ¿sabes? Tenía una necesidad muy grande de DECIR. Ese deseo de ser escritor estoy SEGURO que me acercó a la fotografía, que es otra manera de contar, de narrar. Fotografiar el cuerpo tatuado es la unión perfecta de todo. Hablar a través de mis fotos y hablar a través de la palabra tatuada.

    El cuerpo otra vez territorio expresivo.

    Kenny Lemes

    AR: Tú obra es muy visual, yo diría que hasta hedonista en un sentido raro, y a la vez es muy narrativa. Pero, ¿qué es lo que se narra? De la misma manera, es una obra muy curiosa, o cazadora, y a la vez pasional, y hasta escurridiza, porque no se sabe dónde estás tú. Tú nunca apareces en tus fotos, pero al mismo tiempo es como si estuvieras en todas. 

    KL: Paúl Valery tiene una frase que dice: «Lo más profundo es la piel», y yo creo mucho en eso. A primera vista parece una contradicción ¿verdad? Lo más profundo debería ser lo que está DEBAJO de la piel. 

    Resulta que lo que tenemos debajo de la piel no es novedoso para nadie, ni tiene características individuales. Abajo de la piel todos tenemos lo mismo: huesos, músculos, sangre. Lo que somos bajo la piel es muy poco relevante y habla poco o nada de nosotros mismos. En cambio, la piel es como un libro abierto que nos describe, que cuenta nuestros secretos, nos expone en nuestra individualidad. Por eso desnudarse es TAN duro, porque uno abandona el refugio completamente. Todas las falencias se destapan, las inseguridades, las heridas, los miedos, todo lo más vulnerable aparece cuando uno le enseña al otro su piel.

    Y es por eso que yo me intereso tanto en la piel de la gente que retrato. Porque hay una búsqueda del secreto del otro. Un fotógrafo es un cazador y la cámara es a veces una forma de perversión. La perversión de la mirada, quiero decir. Mirar a través de una cámara es como mirar por la cerradura de la puerta de una casa, es como espiar. Yo como fotógrafo lo que pretendo es encontrar el punto doloroso del otro. Eso puede ser leído como maldad, ¿no? ¿Por qué́ tú quieres revelar lo que le duele al otro? Y es que para mí́ ese dolor es una verdad. No se trata de exponer al mundo el dolor ajeno, se trata de narrar lo más honestamente posible. Porque en mi foto no hay un epígrafe que cuente «a esta persona le duele tal cosa». Lo interesante es cuando la imagen contiene el secreto. Por eso busco gente que se tatúa, o que se lastima, me interesa mucho la gente que se corta. O que tiene cicatrices. Porque esas pieles son un mapa, son un libro abierto.

    Cuando yo retrato a alguien, por ejemplo, le pido que busque una intención, así́ la mirada no parece perdida. Le pido a la persona que piense en algo que quiera decir, y que mire al lente de la cámara y que me lo cuente. Busco la verdad a través de la piel, y a través de la mirada. Luego está el que mira para descifrar ese secreto. Algunos no tendrán interés, otros no se van a tomar el tiempo para recorrer la imagen y leerla. Pero siempre hay alguien a quien ese secreto le será develado. Siempre hay alguien. Y es una conexión hermosísima y muy intensa. Mirar los ojos de alguien a quien uno retrató y VER.

    Kenny Lemes

    AR: ¿Qué es lo que más disfrutas de todo esto, de tu trabajo, de lo que ves, de lo que esperas encontrar?

    KL: Al final esta idea tan escuchada de que «lo personal es político» aparece siempre, aunque uno no lo quiera. Las imposibilidades de nuestros cuerpos nos convierten en máquinas emocionales de guerra. Desarrollamos estrategias individuales y comunitarias de detonar el poder de lo normal, de lo establecido, de lo que nos expulsa. 

    El arte se convierte en una trinchera, una trinchera simbólica, pero que a la larga comienza a hacer mella en la mirada y nos hace cambiar de parecer sobre ideas que tenemos super cementadas, arraigadas, porque hay toda una red de instituciones que existen para enseñarnos a todos lo mismo, a pensar de la misma manera sobre las mismas cosas. La familia, la escuela, la universidad, la ciencia… todo está́ diseñado para que pensemos igual sobre las ideas pilares de la sociedad. Que todos tengamos una sola manera de pensar lo bello, o el género, o lo que ES una familia, o la idea de Amor.

    La gente que yo retrato, la gente que me interesa visibilizar, es toda gente que usa su propia corporalidad como una bomba molotov. Gente que aparece y que incomoda, que amplía la mirada. Que llega para romper cualquier idea posible de hegemonía. Son el espejo roto donde estamos obligados a mirarnos. Ese chirrido en el ojo a mí me apasiona.

    Cuando yo pasaba algunas semanas sin escribir, Kenny me mandaba un mensaje diciéndome que no me diera pena decirle que ya no me daba tiempo a incluir sus fotos en mi curso y que podíamos dejarlo para la próxima. Ahí retomábamos la conversación sobre su obra, pero también sobre muchos otros temas diversos, aparentemente inconexos. En ocasiones, yo era la que le mandaba cosas: le recomendaba un libro de Simone Weil, le enviaba canciones de Santiago Feliú que por alguna razón misteriosa me lo recordaba… y un día le mandé también un audio de Maykel Osorbo, que hablaba sobre la grandeza y la pérdida. Kenny es cubano, pero como emigró tan joven no sabía qué tan involucrado estaría en el ecosistema nacional. Me respondió muy emocionado y me hizo notar algo especial, me dijo que de repente la voz de Maykel le recordaba la de Luis Manuel Otero. «Yo sé que no se parecen, no sé…, tal vez sea el tono, algo». Entendí perfectamente a qué se refería. 

    Kenny era una persona profundamente humana, sobre todo porque parecía siempre dispuesto a mostrarte su parte no tan linda, esa parte que casi todo el mundo esconde las primeras veces y, en ocasiones, todas las veces. Como buen escorpio ascendente escorpio, él te mostraba primero el aguijón. Su belleza, y la belleza que encontraba por doquier y queda expuesta en sus fotos, está hecha sobre todo de esa desgarradura profunda y de origen. Ese tipo de belleza que nadie puede dejar para después, que te asalta y te desarma sin necesidad de ninguna explicación. 

    En una de nuestras últimas conversaciones, en la que ajustábamos detalles de la presentación que haría de su trabajo, se me ocurrió preguntarle si él tenía un dossier. Yo sabía que no, pero igual pregunté. «No, querida —respondió—, nunca he tenido uno, no sé para qué sirven, pero dime y armamos uno, si lo necesitas de verdad». Le dije que no, pero hoy me ha pasado por la cabeza que tal vez debía haberle dicho que sí, que íbamos a hacer juntos el dossier, o cualquier otra cosa, con tal de que no se fuera todavía. 

    Estamos demasiado adiestrados para ese gran juego de azar en que la vida y la muerte son los dos únicos finales posibles. No uno y otro, sino uno u otro. Crecimos dentro de ese esquema y no hacemos sino vivir huyendo de lo que significa. Nos cuesta mucho hacernos a la idea de que la vida y la muerte son intercambiables. Creo que esa es la definición más certera del miedo. Kenny Lemes fue valiente. Kenny Lemes está donde quiso estar. O simplemente no está más donde no quiso estar. Luz para su decisión. Luz para su viaje hacia su más profundo e íntimo decir.

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