Cuando Kenny Lemes se suicidó en su apartamento, el mundo se tiñó de poesía.
Un artista, durante su vida, tiñe textiles, cristales, árboles, herbazales y alas de mariposa. Hay un tipo de artista cuya vida se desparrama, las minúsculas y extraordinarias formas que nos rodean quedan embarradas de su ser.
El tinte es a veces escarcha, churre en las uñas, maquillaje, acné, legañas, queloides y el recuerdo de la mesa servida. Apartarnos del dolor no sirve de nada.
14 de febrero de 2025
Alexander Diego Gil presentó su performance Epitafio el 14 de febrero. Otro es el título del poema que pasó por su cabeza cuando le pidió a alguien del público que le alcanzara la albahaca: «y arrimarle un ramito de albahaca al próximo suicida». La experiencia artística invocaba al poeta cubano que se suicidó a los 39 años en esa misma fecha.
Kenny Lemes reaccionó en Instagram a una foto de la performance, me escribió: «Ahorita voy y le hago fotos», no sabía si hablaba de Ángel Escobar, Soleida Ríos o Alexander Diego Gil. No sabía si hablaba de La Habana, de cuerpos reclinándose y revolcándose, de estática milagrosa, una ruda, o quizá el macao, ese cangrejo que se esconde en la concha de la sigua. Tampoco sabía del cadáver exquisito en la cabeza de Alexander, un tatuaje que se escribía con versos extraídos de la Poesía Completa por los espectadores.
Cuando Alexander estuvo injustamente detenido por salir a las calles el 11 de julio de 2021, le raparon la cabeza. Ahora su cabeza está protegida por la poesía. Solo soy capaz de recordar esa mañana como una foto de Kenny Lemes.

Inventar la vida
Siempre hablamos de sus fotografías. También del lenguaje, el amor o la política. Tengo la impresión de que Kenny prefería los diálogos improbables, preguntas o ideas que no se reducen a una reacción o un sticker. Me conmovió mucho leer que solo le interesaba la honestidad, «a mí como fotógrafo (y persona) me interesa la honestidad, no la verdad». Es un statement atrevido en esta época, una época de directas, open call, humareda, en la que toda declaración corre el peligro de una caducidad que dictan otros. La verdad es como un chicle que pende de la boca de los poderes y sus narrativas. En cambio, la honestidad mancha los cristales de las ventanas, empaña los espejuelos, es una lágrima que arde. Hablábamos del llanto, que supongo sea la forma que contiene todos los lenguajes.
A sus 39 años, Kenny tiñó el mundo de honestidad. Recibo la noticia como una tragedia, que no esté ahora es una tragedia infinita, y una empieza a configurarse las formas de esa tragedia en sus amigos, en quienes se desnudaron ante él, en este pedazo de tiempo dominado por el desasosiego.
El 28 de febrero, los planetas se alinearon después de mucho tiempo, este fenómeno no ocurrirá hasta dentro de unos cuantos siglos. No sé qué esperar de Saturno, Mercurio, Neptuno, Venus, Urano, Júpiter y Marte. No sé qué esperar de este mundo teñido también por la ausencia.
Las fotografías de Kenny se caracterizan por su belleza insoportable, aquella que solo es posible cuando se mira –y se es mirado– sin paliativos. Pienso en retratos donde el desnudo es un concepto que permite «descubrir», «quitar ese velo de gracia», en escenarios donde conviven la teatralidad, la naturaleza y la muerte. Tramas que no reproducen una beldad mercantil, vacua o «corregida» de los espacios y cuerpos, sino que se deja seducir por lo latente, su fiereza. El fotógrafo se distancia de lo que se empaca y se comercia, sus fotos no descansan en fáciles respuestas, su procedimiento tiene del simulacro esa idea de ser otro, y de la belleza el impacto de su sombra.

Cuando leí Imagen fantasma, del fotógrafo y escritor francés Hervé Guibert, me cautivó esta invención:
[…] un invento fabuloso con el que yo soñaba y que me daba mucho miedo cuando imaginaba que también lo podían usar en mi contra: las gafas para leer el pensamiento. Tiempo después descubrí, en algún aviso publicitario más o menos salaz, la existencia de gafas que ven a través de la ropa, que te desvisten. Imaginé que la fotografía podía conjugar esos dos poderes y tuve la tentación de hacerme un autorretrato…
En Kenny existe una pulsión afín. Ha escrito: «Reafirmo una y otra vez que todo lo que uno hace es selfie. Juego de sombras, adornos y perfo. Todo es proyección y reflejo. Esto no es Marcelo. Esto soy yo bajo el disfraz de humano que me tocó».
Los ecos de su obra retumban como «autorretrato». Esta performatividad del yo significa deglución, también fascinación. Las resonancias de esa búsqueda, fuera de las jerarquías «artísticas» o de la «autoridad», transcurren en el contagio. Es por ello que manifiestan la subalternidad, lo queer y las disidencias sexuales en un estado de «proyección y reflejo», de cuidado.

En los retratos de la fotógrafa chilena Paz Errázuriz advertí que el sosiego era una forma de sostén. A pesar de la retadora presencia de aquellos a quienes fotografía, encuentro una tensión que prolonga el instante. Siento con Kenny que la energía de sus retratos depende de una aproximación dilatada, el momento de la foto puede desvanecerse si cayeran los pétalos de los labios, si el vestido se secara, si el cabello se desenredara, pero ya es imposible que algo tan intrascendente suceda porque están ligados para siempre en esa instantánea. Cabe la desobediencia, el rumiar, el «ser yo». La tensión traspasa al espectador.
Cuánto nos dicen las heridas, lo amputado, la cirugía. Cuánto balbucean sobre dignidad, resistencia y respeto las huellas en la piel, la cicatriz, el tatuaje, lo escindido, la prótesis. La ausencia es elocuente, un tajazo, otra forma de memorizar la fisonomía de lo que esquivamos, de aquel rostro sibilino y sus fantasías. Cuánto de sí, de Kenny, de sus apetitos y desvelos, descansa en sus imágenes.
En la textualidad que preservó se fusionan historias, insultos, hay lugar para la risa y el goce ante cánones o paradigmas como la familia, la moral o la heterosexualidad, hay espacio para defender el poderío del dolor, del monstruo, del trabajo sexual, la gordura o la soledad. Cada palabra-tatuaje, cada reivindicación, cada caligrafía, componen un poema total hilvanado por la libertad.

Quizá, como en la performance de Alexander Diego Gil, los transcribo sin corregirlos y pretendo encontrar a Kenny en un poema-manifiesto azaroso: «Respect, Versace, Sit on my face, impurity, How can an angel break my heart?, Perra sorprendente curvilínea elocuente, this is the first day of my life, Mi refugio, Putita, nacidx para morir, malo, Estoy agonizando, pobre diabla, Reivindico mi derecho a ser un monstruo, Decepcionar a mi familia is my passion, Policia, DIOS, Just don’t do it, sensible, Todo es terror y belleza, Furia trans, Perdón x estar triste, blessed, controls my mind, he vivido toda la vida añorando ternura, fantasy, la premiere fomme Orlando, NOT OK, te amo».
De su libro, Mariposas que vuelan de noche, recuerdo un post en el que la cuidada edición aparecía sumergida en un arroyo. En esa vibración del agua se mostraba la fragilidad de su corpus. Hundirse, apoyarse o erguirse, dejarse llevar por una corriente. Leo el collage: «Todo es terror y belleza» qué afinidad tan profunda siento por un artista que enlaza lo espiritual, lo irracional, la delicadeza de un animal muerto o las flores.
Kenny sabía que escribiría sobre sus fotos. Sabía que sus fotos explicitarían territorios. Allí donde hay injusticia, discriminación, racismo, repudio. Allí donde hay dictadura, régimen, catástrofe. Allí donde no se puede ser libre si no es arañando la piedra. Pero también ahí donde los monstruos nos agitan o la noche nos atropella, donde el poeta suicida se le mete en el cuerpo al performer, donde se babean y se maquillan las horas para que nos sean leves las pesadillas.

Los cuerpos de las fotografías de Kenny mortifican a quienes serían capaces de enviar al cepo o a la hoguera toda corporalidad que escape de su norma. Mortifican a los que usan palabras como «bonita» o «pura» para referirse al arte, a quienes olvidan mirarse al espejo por las mañanas y jamás reconocen la violencia de sus comentarios. Por ello, Kenny siempre respondía a estas críticas transfóbicas, homofóbicas, clasistas y racistas.
Hay experiencias que trascienden cualquier suposición, imaginación o provocación. Como en ese poema de Roy Sigüenza, Mi vida es como si me golpearan con ella, «Llovía, entonces, y llueve; llueve para mi gusto de estar triste, solo, escribiendo como un buscador, no como alguien que escribe», poema por el que he estado sosteniendo durante estos días la tristeza, el dolor y la admiración por Kenny. Kenny, que reaccionó al poema con estos mensajes privados:
Yo me siento un tipo que hace fotos como un buscador, no como alguien que hace fotos.
Recuerdos inventados.
Ya sabes.
Literatura.
Inventar la vida.
Para que ésta pese un poquito menos.
Existen pruebas de que su obra buscaba inventar la vida. No queda de otra. Es en la invención donde se encuentran las grietas, los recovecos, entre sábanas, raíces, objetos perdidos, en la embriaguez por buscar, buscarse, puras invenciones. Releo estas frases y me cohíbo de contar la primera vez que el mundo dejó de ser palpable o deseable para mí, las veces que sangraste, lo desgarrado, lo absurdo, la condición de ser un viandante. El oficio del buscador es de todos el más difícil. Pensando en él, «Me ha cortado la voz un vidrio de agua».

El amor tiene el aroma de la muerte
A los doce años se fue de Cuba, Kenny Lemes es cubano y ha vivido en Argentina mucho más tiempo que en esta islita del Caribe, incomprensible para los que la viven un día lo mismo que para los que permanecen un siglo.
En una publicación del 18 de agosto de 2019, leo, «Cuba me hace pensar siempre en El Bosco. Los miedos más agudos del hombre están todos tirados en la calle, expuestos en cualquier esquina».
Su relación con lo natal nunca ha sido ajena, sino visceral. Su petición de que las cenizas retornen sigue reescribiendo una historia de fugas, entradas, del héroe, del buscador, hay algo en este viaje que no concluye, tan enternecedor como severo, tan honesto como poético, tan épico como un beso de amor.
Me contó que estaba enamorado de alguien cercano a mí. Estaba seguro de que yo le haría reír. Suelo hacer payaserías si estoy borracha o tengo el ánimo en su lugar. «Con Martica te ríes o te ríes». Junto a él habría que prescindir de las máscaras al uso, quizá, solo quedarse con las hedonistas, las jadeantes, las dramáticas. Los artilugios caben, pero esos que sueltan chispas, estridentes para el vientre y las rodillas, efímeros como el moretón. Le pregunté quién era, de quién me hablaba. Me dijo que ya sabría.En una publicación del 27 de agosto de 2022, pastillas, lirios barbudos en un vaso, El patio del diablo, de Nan Goldin. «El amor tiene el aroma de la muerte». En la fotografía del 18 de agosto de 2019, sobresalen de la bolsa de nylon los animales sacrificados, las patas en el asfalto, la fe. «El amor tiene el aroma de la muerte». Recuerdos inventados ahora, teñida con una risita amarga nos invento un país, un mundo, un tinte combustible, un tinte saliva, ausencias, pneuma, terror y belleza. «El amor tiene el aroma de la muerte». Después del amor, la muerte, la poesía o la honestidad, esto que tenemos manchándonos los órganos y los dientes, invenciones, una aguja que se encaja y suelta dentro planetas alineados, fotos sobrenaturales, vida más allá.
