Leandro Feal, el fotógrafo ninja

    …Porque nada es para siempre. 

    Wampi

    I

    Puedo escuchar las piedrecitas cayendo porque voy detrás, se escuchan como la cola agitada de una serpiente cascabel…

    Con blue jean y una camisa de granjero, el fotógrafo cubano Leandro Feal está subiendo una escalera. Los escalones, aunque son de concreto, ceden bajo sus pisadas. Crujen y dejan caer piedrecitas porque es la escalera de uno de esos edificios de La Habana Vieja que se mantiene en pie solo Dios sabe cómo. Un edifico que se ubica a pocos metros del lujoso Hotel Grand Packard, con sus pantallas centelleantes de vidrio negro. 

    No es la primera vez de Feal en este edificio. Ya vino antes. Específicamente al último piso, donde alquiló en 2016 una ventana con vistas magníficas: ¡Todo el Paseo del Prado! Desde los primeros leones de bronce hasta esa estatua del poeta Zenea que mira el mar. 

    La ventana perfecta para que un fotógrafo local, no acreditado para el desfile que hizo en La Habana la casa de modas francesa Chanel, pudiera fotografiar al diseñador alemán Karl Lagerfeld y a aquellas modelos que parecían inspiraciones de Tamara de Lempicka, con sus pómulos de madreperla y sus caderas amenazantes, con sus largas pestañas y sus cabellos al viento de modelos de Chanel. La ventana perfecta para que un fotógrafo no acreditado para el desfile, que presentaba la colección Crucero 2016-2017 de la marca francesa, pudiera documentar el significado de aquella pasarela de lujo en un país pobre como Cuba, en un país que «se deshielaba». La metáfora política de aquel momento, flash, los rostros de la fármacoporno industria, flash, la posibilidad de un cambio en la isla, flash… 

     Todo eso, todo eso vería por la ventana. 

    Flash. 

                Flash.  

                               Flash.

                                         Flash. 

    Si se volteaba, si miraba hacia adentro, vería una meseta de cocina a medio hacer con apenas losas, una cama y un televisor pequeño. La casa de una mujer cubana y su hija, quienes le permitieron tomar las fotografías, alquilándole su única ventana. 

    Llegamos al último piso. Las piedrecitas dejan de caer. Y Leandro, con su voz suave de muchacho educado, de muchacho que estudió en escuelas de arte y ha visto el mundo con sus ojos verdes, con el tacto ensayado de quien sabe qué quiere, le dice a una mujer que se asoma a la puerta: 

    —¿No te acuerdas de mí…? —Y le sonríe. 

    La mujer, tajante, dice que no. No. Se queda mirándolo con frialdad. 

    Leandro insiste, con una voz más suave todavía.

    —Yo hice unas fotos aquí. Hace años…

    A la mujer comienzan a brillarle sus ojos opacos y, mientras abre la reja, le va diciendo: «Ah, sí, claro…», como recordando: «Claro…, tú viniste a hacer fotos con otro muchacho». (Se refiere al fotógrafo cubano Arien Chang). «Verdad…», sigue la mujer. «Lo que pasa es que ahora pareces un extranjero y aumentaste de peso… Pero puedes pasar, adelante». 

    «Si me hubieras avisado…», dice la mujer mientras avanza por un pasillo oscuro. «Si me hubieras avisado habría limpiado un poco». 

    Adentro está la hija adolescente de la mujer. Nos invitan a sentarnos en los únicos muebles que hay. Dos butaquitas. Recuerdan ese día que Leandro vino hace casi diez años. Se ríen. La mujer le espeta: «¿Tú qué haces aquí en Cuba?». Hace esa mueca cubana, de barrio, que consiste en arrugar los labios hacía adelante y ladear la cabeza. 

    La policía había acordonado la calle y Leandro no estaba acreditado como fotógrafo del desfile, así que pensó cómo lograr esas fotos, cómo… Se paseó por la zona días antes intentado alquilar un espacio que se lo permitiera. Tenía que ser un espacio con una buena vista, por supuesto. Y desde temprano estuvo en casa de la mujer, quien aceptó lo que Leandro le propuso: alquilar su ventana, esperar ahí hasta la hora del desfile. Así que estuvo esperando la pasarela hasta la noche, como esos fotógrafos de National Geographic que vigilan dentro de sus tiendas durante todo un día hasta que pasa un zorro, un lobo. 

    Aunque creyó que el contrapicado no sería lo óptimo, pues los fotógrafos acreditados tendrían todos los close ups y los planos americanos, admite que sus fotos del desfile no se parecen a ninguna: están hechas en cenital, eso revela otra lectura del desfile. La lectura del fotógrafo sin credencial, que no tiene los privilegios de la prensa extranjera; la lectura de unas fotos «robadas», casi de paparazzi. 

    Son las fotos por las que más ha esperado en su vida. Pertenecen a su serie De la reforma a la contrarreforma (2016), en la que Feal descubre la bola de espejos inverosímiles que hacen la configuración de la sociedad cubana y donde aparecen tanto el rostro de Tilda Swinton como el de Nicolás Maduro, las supermodelos Chanel, helicópteros contra el cielo habanero… Todo tan surrealista, pudiera decirse, aunque hablar de surrealismo en Cuba es ya una redundancia. Y esa serie, esas fotos, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) las adquirió en 2018. Y hoy pertenecen a su colección. 

    II

    Leandro Feal nació en La Habana Vieja, en el barrio de Belén. Creció en el quinto piso de un edificio «con vistas espectaculares de La Habana: el Capitolio y el Morro», donde vivía con su madre y un tío pintor. Su madre era cantante y actriz; en voz del hijo: «una artista». La madre no había podido estudiar en las escuelas de arte «por problemas de burocracia, porque sus padres no la llevaron»; por eso se encargó de que su hijo sí fuera. Ella sí llevó a Leandro a que estudiara arte. Él estudió guitarra y pintura. «Ella me educó para ser artista», dice. «En casa me daban todo el apoyo. Me llevaban a la Casa de Cultura, me animaban. Yo le robaba óleos a mi tío para pintar; si quería hacer una instalación en la sala, mi mamá lo permitía».

    Le pregunto cómo encontró La Habana a su regreso, porque Leandro vive en Europa la mayor parte del tiempo. Se lo pregunto en su sala centrohabanera de la calle San Rafael, sentada en un sofá de diseño, escuchando las voces callejeras que suben hasta su balcón art nouveau, el balcón de la casa que según él adquirió gracias a haber vivido en el Barrio Gótico de Barcelona.  Las voces que suben, que se entrelazan con los rayos de sol que caen en el salón, venden queso blanco, venden jabas de nailon, se quejan de que en la esquina hay un basurero de un metro de altura…

    «La Habana me la encontré más en candela… Siempre, cuando uno viene, esa es la pregunta que le hacen los amigos que viven fuera de la isla. También es la que hago a mis amigos cuando ellos están en Cuba. Ahora mismo lo que se ve en las redes es terrible, pero hay que pisar el terreno. Como apunta Iván de La Nuez, “lo que se ve desde afuera es una realidad amplificada contra una realidad paralela que es la del Estado”. Esa es la tesis de Iván. O sea, hay un decalage que no puedes procesar del todo hasta que pisas tierra. Yo ahora mismo estoy en ese proceso de entender qué está pasando. ¿Cómo encontré el país?, es algo que he escrito a varios amigos…».

    Por ejemplo, hace unos días le escribió este mensaje al artista Hamlet Lavastida, su amigo: 

    Hamlet, siempre que vengo tengo sentimientos encontrados, esto se parece cada vez más al tercer mundo. El proceso de adaptación me cuesta un poco, hay más basura en la calle. Todos los jóvenes están planificando la pira. Sin embargo, es un lugar donde el arte florece como la mala hierba. Estoy conociendo a los artistas de la siguiente generación, hay cosas muy interesantes. Eso me da esperanzas. 

    III

    A inicios del año 2000, Gerardo, el tío materno de Leandro Feal, lo llevaba a la escuela de pintura de 23 y C, en El Vedado. Una escuela experimental de artes plásticas, a la que él iba todos los días a recibir clases de escultura, pintura y dibujo; solo por 50 pesos cubanos al mes. 

    Luego, en 2002, Leandro entró a la Academia de Artes San Alejandro, en ese momento la artista cubana Tania Bruguera, a quien reconoce como maestra y referente, había abierto en el ISA (Universidad de las Artes de Cuba) su mítica Cátedra de Arte de Conducta. Según Leandro, ese espacio «tenía las últimas ideas del arte contemporáneo. Explicaba que trabajar con el cuerpo físico del artista era algo que ya estaba superado, desnudarse en una galería ya se había hecho, hacía sesenta años. Ella proponía que el artista trabajara más con su conducta, con su cuerpo social, que era más interesante que su cuerpo físico. Eso, por supuesto, generó una escuela». 

    A esa escuela Leandro iba de oyente. «Fue algo extraordinario, porque Tania tenía un programa para traer artistas y curadores a La Habana. Se hacía en su casa, aunque pertenecía al ISA, eso permitió una movilidad, una diversidad en el grupo. Había gente de todo tipo que se mezclaba; se unían artistas nacionales con internacionales, entraban abogados, directores de teatro a impartir talleres… Tania nos expandió la idea general de disciplinas que se interconectaban con lo que estábamos tratando de hacer. Yo logro entrar a la Cátedra de forma oficial, estando en el tercer año de San Alejandro. Ahí coincidía con los alumnos del ISA. Por eso cuando entré al ISA me sentía como en casa. No terminé la universidad. Me fui a España con la novia que tenía en esa época, que se llamaba Gema, y viví con ella tres años en Madrid. La relación no duró más porque ella no entendía que yo era un artista. Ella me decía: «Aquí hay que trabajar, esto no es Cuba”». 

    Así que Leandro entró en equipos de limpieza y cubría turnos; pulía pisos, limpiaba cristales en la tienda Punto Roma… Luego, empezó a trabajar en una tienda de fotos, con su amigo Javier Caso, y ahí se compró la que es su cámara fetiche, la Canon 5D Mark II. 

    «Es la cámara que más me gusta porque fue de las primeras cámaras de fotos que podían hacer videos. Era muy versátil, costaba dos mil euros, así que tuve que ahorrar, pero me la compré». 

    Leandro hacía fotos de eventos, de prensa, pero los horarios le chocaban con los de la tienda de fotos y, como su pareja no quería que él fuera freelance, terminaron. Entonces dejó la tienda de fotos. Comenzó a fotografiar productos de tiendas de zapatos en Madrid y terminó mudándose con un amigo a Barcelona. 

    En Cuba, Leandro había querido retratar a su generación desde adentro, ser «un espectador participante», y había sido uno de los fotógrafos de la banda Porno para Ricardo

    «Yo era un chamaco con una cámara Nikon FM2 que tiraba en analógico… Me gustaba mucho la noche, no usar trípode, y andaba con un rollo de 100 ASA, vencido. Yo hacía fotos con rollos vencidos, y me di cuenta en el proceso que eso distinguía mi trabajo. De esos años son mis series Tratando de vivir con swing y Con jamón, lechuga y pitipuá, esta última con un lente de 19 milímetros. Con el tiempo fui cerrando, de ultra gran angular, esas fotos son casi todas en interiores, y en Almost Blue paso a un 35 milímetros. Luego pasé a un 50 milímetros, como el que usaba Cartier-Bresson, que es un lente difícil de dominar, muy cercano a lo que ve la vista, y anduve mucho tiempo con ese lente».

    IV

    Si le preguntas a Feal cuáles son los temas de su trabajo, te dice que la noche, la fiesta, y sigue: «Siento que pertenezco a una tradición de cine documental de los sesenta, de esa fotografía avant-garde». Suma estos temas: «Mi generación de artistas, La Habana, la resistencia cultural, lo friki, lo alternativo, ciertos espacios de libertad en Cuba…». 

    Si le preguntas por una foto que a su juicio es muy buena, te dice: «El Che es alguien que no me gusta, no lo odio, pero lo detesto. No comparto sus valores. Sin embargo, la foto de Korda es perfecta. Es acaso la foto más reproducida, una obra maestra. Me gustaría hacer una foto así. Hay una foto que no pude hacer…, la foto del 27N. Yo no estaba en Cuba en ese momento, estábamos muy conectados, pero yo no estaba en Cuba. Y esa foto falta en mi catálogo, en mi narrativa. Me hubiera gustado estar ahí, acompañar a mis amigos. ¿Sabes? Yo te cambio la foto del 27N por la del Che. Yo quería hacer esa foto del 27N».  

    V

    Sentado en un banco del Paseo del Prado, en diciembre de 2023, con su cámara al cuello, dice: «Me gusta relacionarme con todo tipo de gente. En Cuba y fuera me gusta ir a lugares pijos. También me gusta meterme en un solar, en un bembé, en barrios calientes, para mí lo peor es cuando tienes acceso solo a una de las dos cosas». 

    Hay gente, según Feal, que tiene mucho dinero y se mueve en un circuito y no baja de ahí por seguridad. «Yo recuerdo que cierta vez estaba con un amigo artista, exitoso, en una fiesta en La Habana Vieja, y me di cuenta de que él tenía miedo. Para mí fue sintomático que un cubano tuviese miedo en propia ciudad. Y se puede sentir miedo, si andas de madrugada solo. Yo, por ejemplo, guardo mi cámara en un bolso, sin dar mucha vista. Sucede que hay gente que no tiene acceso a ciertas clases sociales. A mí me gusta disfrutar de las dos cosas. De una buena conversación y de tomarme un trago con cualquier tipo de gente. Me gusta ser transversal. Eso me ayuda con mi trabajo, me ayuda a entender mi país». No es algo que haga solo en Cuba. Hay pijos catalanes, dice, que no van a la Rambla del Raval, por ejemplo. «Y se están perdiendo el centro de Barcelona, que es increíble… La ciudad no les pertenece. A mí me gusta sentir que las ciudades me pertenecen, me gusta moverme así». Y me dice, como quien revela un secreto: «El otro día, en un bar, conocí a Manolín El Médico de la Salsa. Me dijo que iba a tocar en el Salón Rojo del Capri, y yo voy p´allá, porque a mí me gusta la caliente. Hay quien no va a esos lugares, pero yo les pregunto: ¿ahí se comen a alguien…?». 

    Leandro disfruta mucho la rumba, la música de santo, el reparto… «Mi mamá me ayudó mucho con esto, a convivir en espacios densos, me enseñó que, si yo veía a un grupo de gente en una esquina, no podía virar, tenía que pasar por el centro de ese grupo. Una noche, yendo a mi casa, sí sentí un poco de miedo porque era de madrugada, muy tarde. Venía una pandilla de veinte muchachones, había gritos y botellas, una pelea de calle, y lo que hice fue lo que me enseñó mi vieja. Atravesé el grupo».

    Me dice que está entendiendo La Habana, que siente que tiene una vibración diferente a la del 2022, la última vez que estuvo. Me dice que le gusta casarse con un lente hasta dominarlo, me dice que en lo que un zoom se desplaza, se pierde tiempo, me dice que le gustan los aparentes «malos encuadres», que los defectos se pueden convertir en efectos. Me dice que hay que matar a Cartier-Bresson, negar a los anteriores para construir algo nuevo, así como Cartier-Bresson negó a los fotógrafos anteriores a él. «¿Qué sentido tiene hacer lo mismo? Hay fotógrafos que ven a Bresson como una Biblia, no salen de ahí, del “instante decisivo”. Por eso yo digo que hay matarlo, sepultarlo».  

    Me dice que su papá no lo reconoció cuando era un bebé, que su apellido es el de su madre, quien era una feminista que estuvo con su padre, Héctor, un director de teatro, y que algunas diferencias entre ellos causaron que se separaran, y que ella comenzó a tener relaciones para tener un hijo de forma independiente (y así nació él). 

    Me dice que su padre biológico se fue a Argentina, donde vive hoy, porque no soportaba vivir en Cuba. «Luego lo contacté por Facebook, hablamos a menudo. Él vino a La Habana, nos conocimos hace pocos años. Él también es fotógrafo, y gusano igual que yo, que es una suerte. Porque te imaginas encontrar un padre ciego. Es bueno que nuestras ideologías sean similares. Lo conocí en 2019». 

    Me dice que le encantaría ir a Argentina a visitarlo y conocer Buenos Aires. Me dice que le gustan las influencias, que eso le da densidad al trabajo de uno, aunque hay que cambiar el cómo o el qué. Me dice que le importa la curiosidad, ver libros de fotografías, ver mucha imagen de calidad, aprender la técnica y destruirla, no tener miedo a hacer fotos, no tener miedo a perder una cámara. Y me dice que él cambiaría su cámara, esta que trae en la mano, esta que levanta en el aire, por haber hecho una sola foto del 27N. «Pues con una buena foto puedes construir tu obra, con una buena cámara no. Lo importante es la foto, las cámaras se rompen, pasan de moda, pero las fotos buenas no, las fotos se mantienen».  

    Caminamos por el Paseo del Prado, como quien busca la calle Neptuno, Leandro me va diciendo algunas cosas mientras nos tropezamos con una horda de asiáticos, con pintores de «sopa», con una que otra chica con un vestido de lentejuelas a punta de nalga… 

    «Es importante que los artistas cubanos que quieran hacerlo expongan en Cuba. No se le puede regalar el terreno a la institución, porque es un terreno que se pierde. Hace cinco años estábamos más empoderados, había una red de espacios alternativos, eso no se puede perder. El arte nos pertenece. Hay que ver exposiciones de las siguientes generaciones, porque el Estado siempre va a intentar borrar, y es un error no exponer en Cuba, porque ganan ellos. Eso sí, a la par es necesario denunciar y exigir la libertad de los artistas Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo, junto a los miles de personas presas injustamente por el régimen cubano». 

    Y sigue: «Uno de mis dioses es William Eggleston, que es uno de los primeros en hacer fotos artísticas en color, aunque por tanto estudiarlo ya me ha aburrido. Me gusta también Constantino Arias, que retrataba la noche habanera con flash, como un reportero de la noche, en la misma sintonía de Weegee, el fotógrafo estadounidense. Las fotos de los crímenes de mafia, esa estética de flash en la noche me gusta mucho, y el trabajo de Vivian Maier, aunque ahora me interesa llevar de la pintura a la fotografía. De la fotografía cubana te diría que respeto mucho a Juan Carlos Alom, a Raúl Cañibano, a Chinolope…».

    De pronto algo lo paraliza, un sonido, es una canción, sale del portal donde un barbero está rapando a un mulato. Es un tema de Wampi, el repartero cubano. El estribillo se mezcla con el ruido de los tres carros que doblan echando chispas Neptuno arriba, ¡doscientos, Vedado!, ¡trescientos, Playa!, se mezcla con la voz del chofer del descapotable que engatusa turistas frente al Parque Central, y se crea una mezcla rica, viva, como una banda sonora que le devuelve la vida a La Habana Vieja por solo unos dos, tres minutos… 

    Y Leandro me mira fijo y me dice: «¿Sabes algo? Cuando alguien me pregunta por Cuba, yo le digo que todo está malo. Aquí solo hay una cosa buena y es el reparto».  

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    Katherine Perzant
    Katherine Perzant
    Ha sido funambulista y chainsmoker. Como el Paterson de Jarmusch, escribe poemas que nunca publica. Posee una debilidad alarmante por los puentes y las boyas. La toman, tan a menudo por extranjera, que se siente así en todas partes. Quisiera creerle a Issa, que le sobrevive, le sobrevive a todo, la frialdad.

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