Maykel Osorbo: «Yo no tengo suerte. A mí nunca me ha pasado nada bueno»

    «Sal de arriba de mí que tú pesas», dice un sombrero de guano que Maykel Osorbo viste en la prisión de Kilo 5 y Medio, Pinar del Río. «Es de ala ancha», me cuenta y luego rapea algunas barras encendidas que ha escrito en la cárcel y que necesita que alguien escuche afuera, más allá de los reclusos. «Mi historia nunca fue por dólares ni por divisas. / El pundonor que me distingue vive en mi sonrisa. / Se me calcula un clásico como la Mona Lisa. / Yo me inmolé por mis razones, / no por una visa». Ha escrito cuatro libretas de versos. Cada vez incorpora más palabras que pesca en un diccionario y que igualmente utiliza para discutir con los guardias e impresionarles porque ellos «no aguantan el nivel». Maykel arrastra desde la primavera de 2021 una condena de nueve años de privación de libertad y es uno de los presos políticos más relevantes de Cuba. «Negro, curro y de manigua», me dice.

    Le pregunto si usa el sombrero cuando sale al patio de la prisión para estirar las piernas, pero no le gusta mucho ese sol administrado. «Lo llevo aquí, adentro de la galera». Sus últimos temas, de los cuales escucho otros tres a lo largo de varias llamadas telefónicas que le permiten realizar desde la cárcel, mencionan de manera frecuente a distintos héroes negros de la guerra de independencia. «Mi rebeldía es diferente. / Yo calenté y caí como El León de Oriente. / Me fue guiando mi pasión / cuando to´se puso feo, / el descenso fue en San Pedro como el general Maceo. / Yo me embosqué con mi propia guerra en mi frontera. / No claudiqué y me batí como Quintín Banderas. / Nunca delegué y me mantuve firme en mi morada / y al final me definí como el general Moncada».

    Son los muertos de su panteón, los santos de su altar y los fantasmas de su confinamiento, de ahí que el sombrero, que Maykel viste dentro de la cárcel como si estuviera en Peralejo, haya que entenderlo como un objeto que sustenta moralmente su condena y que pule y materializa, de la misma manera que lo hace el diccionario, los símbolos de su conciencia. Maykel se comporta como un cimarrón, y un cimarrón es esencialmente aquella figura que ha sido despojada de todos sus bienes, pero no de sus muertos, y que construye un imperio con ese patrimonio.

    Como sea, Maykel tampoco es un preso anacrónico. No anda por la cárcel disfrazado de mambí a punto de actuar en un matutino. Le gustan las prendas, las cosas de marca, la gangarria. Anamely Ramos lo definió así: «Como buen acaparador de barrio, Maykel es tarequero. Lo muestra en las tres y hasta cuatro piezas de ropa que se pone, entre calzoncillos, licras, shorts y pantalones. Disfruta esa especie de protección adicional que dan las ropas, o los objetos en general. Gorras, a veces también más de una, pañuelos, objetos punzantes, iddes, rosarios, manillas». Maykel le dijo que lo hacía para, si lo metían preso de nuevo, como efectivamente sucedió, poder irse «quitando la ropa y no estar sucio en ningún momento». Hoy ha pedido a sus amigos cercanos que le compren un reloj Festina de tres compases, también dos pares de zapatillas Vans y unos espejuelos «intelectónicos».

    Recientemente le mandaron un champú que previene o frena la calvicie, porque Maykel se está quedando calvo en la cárcel. «Pero no he podido echármelo», dice. «No sé cómo se usa. Las instrucciones están en inglés». Su otro objeto preciado es un crucifijo, pero sin Cristo. «Lo quité de ahí, lo bajé. Él no tiene que estar ahí, él resucitó a los tres días», me explica, como si viviese en Salt Lake City y fuera otro discípulo ejemplar del profeta Joseph Smith. No cree tampoco en el culto de la muerte como emblema fundamental de la fe, aunque sí en el sacrificio, en la idea rectora del sacrificio permanente como coartada última de la vida (o de la vida que hasta ahora le ha tocado en suerte), en la entrega del cuerpo a un orden trascendente a través del castigo.

    Ese orden trascendente es lo que entre nosotros llamamos «libertad de Cuba» o «fin de la dictadura», pero que en Maykel, por un lado, no parece divorciado del gozo, ni siquiera en las condiciones extremas en que se encuentra, y por otro, tampoco acusa de esa agitación o histeria típicas de las conversaciones políticas cubanas. No significa que, como tantos, Maykel no quiera estar en la calle ya mismo, o que no ansíe que el castillo ideológico-militar del castrismo sea barrido de la noche a la mañana por una ola de hartazgo popular definitivo, sino que su trámite del deseo nunca se desvía de la sospecha, el recelo y la cautela minuciosamente cultivadas. Su camino ha sido largo y sostenidas la pobreza y la discriminación. Comenzaron antes de que la noción de dictadura lo alcanzara y vive convencido de que van a seguir cuando todo se acabe, si es que algo así termina alguna vez.

    «Yo no tengo suerte», dice. «A mí nunca me ha pasado nada bueno». El tono, en cambio, es vigoroso. La fortaleza psicológica de un preso semejante no está hecha de una pieza uniforme, rocosa o plana, que es lo que solemos creer los que no hemos atravesado eventos tan violentos.

    El curso de nuestra conversación revela en el preso un collage sentimental. Esto no quiere decir que el preso, sometido a la incertidumbre, va como una veleta de un estado de ánimo a otro, que un día lo encuentro triste y al siguiente eufórico. Me refiero a que el preso ha construido un escudo como una pieza pop del corazón, con remiendos o parches de emociones que tejen un conjunto protector. Empata la voluntad con el enojo, zurce el cansancio con asombro, adorna la resignación con un finísimo hilo de esperanza cosido a mano, lo que se expresa, desde luego, como convicción.

    La esperanza no tiene ningún tipo de vínculo con el optimismo, sino con la dicha que el preso experimenta por haber sido capaz de otorgarle una razón ética a la sucesión de detenciones, encarcelamientos, golpizas y difamaciones sistemáticamente padecidas. La forma caótica de la injusticia, que es en sí misma un método de dispersión y desmantelamiento de la conciencia individual, logra alinearse como propósito en el horizonte de la víctima, quien limpia de temor o de susto el pragmatismo necesario para la búsqueda de su supervivencia, cuando alcanza a apuntalarlo con un sentido mesiánico o una función martirológica. «No quiero morir, pero la muerte justifica mi recorrido», se dice el preso en los momentos en que repasa su cara difusa frente a los espejos de acero penitenciarios.

    Maykel Osorbo
    Maykel Osorbo / Foto: Anamely Ramos-Facebook

    La narración vence al miedo que acompaña a la finitud, y una víctima se vuelve incontrolable, reducible solo mediante la aniquilación, si llega a apoderarse de los hilos de su relato. Supervivencia y sobrevida son categorías que no pueden diferenciarse. Un día más, una hora más, pero con una eternidad ya ganada. Hay que hablarse a uno mismo con devoción y éxtasis para resistir la prisión política.

    «Mi nombre es Maykel Osorbo», me aclara. «En la religión tu estás osogbo por un tiempo, estás jodido, pero después vas a ponerte iré, te van a recompensar. Conmigo eso se perdió, no funciona. Mi osogbo es literal, para siempre. Es lapidario». Esa, «lapidario», es una palabra que desde que la adquirió, Maykel utiliza tanto como puede. La coloca aquí y allá. Dadas las cosas que le corresponde contar, es una palabra útil, a la que recurre todo el tiempo.

    Conozco pocas personas, quizá ninguna, tan obsesionadas con la acumulación de palabras nuevas, dichas así, como piedras que vienen nadie sabe de dónde y aterrizan de repente en medio de una oración, como sonidos sueltos, zafados de cualquier estructura o contexto, cuya exactitud puede en ocasiones resultar irrelevante. No se trata de que Maykel no entienda qué palabra le cayó en las manos o que las utilice sin propósito, un diletante guiado por el arbitrio, sino de que las palabras ejercen sobre él más fascinación a partir de su propia noción de extrañeza, de los parámetros de su ritmo interior, y no de la eficiencia práctica o la carga semántica ajena.

    Alguien que rapea entiende que una palabra, no importa dónde esté, ni de qué modo, siempre genera el hábitat de su sentido. Cuentan, en su poder, con un valor exclusivo y son tratadas como amuletos. Para mí, eso también tiene una explicación material. Es una consecuencia de la miseria, y me permite adentrarme, a tientas, pero adentrarme al fin y al cabo, en los años inéditos previos, y más duros aún, de la vida de Maykel Osorbo. El pozo anterior a su consagración como artista y disidente. Maykel pide palabras como pide ropas y zapatillas, y va al diccionario como el que visita una tienda. Lo alegra tanto una cosa como la otra. Unos Nike Air Jordan y el adjetivo «lapidario». Su signo es Ogbeché, y aunque Ifá, me recuerda, es interpretativo, Ogbeché tiene como una de sus características principales la pérdida de raciocinio. «Sufre de locuras transitorias, y eso soy yo. Yo soy una locura transitoria. Me subo a la palma y me vuelco loco».

    Maykel Osorbo, preso político cubano y miembro del MSI
    Maykel Osorbo, preso político cubano y miembro del MSI / Imagen: Maykel Osorbo

    Maykel nunca prestó particular interés a la noticia o a la breve exaltación que a mediados de enero recorrió a miles de familiares y activistas cívicos dentro y fuera del país, luego de que una chapucera y súbitamente revertida negociación entre Washington y La Habana, con la piadosa intervención del Vaticano como interlocutor, prometiera eliminar a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo a cambio de la liberación en la isla de un puñado de presos políticos. Las excarcelaciones, que llegaron a beneficiar a 192 procesados penales de esta naturaleza, se detuvieron en cuanto la nueva administración republicana en la Casa Blanca, apenas unas horas después de haber recuperado el control de los Estados Unidos, devolvió a Cuba a la lista, revocando así la medida ejecutiva firmada por Joe Biden en el último minuto.

    —¿Cómo lo viviste tú? —le pregunto.

    —Yo siempre ando conectado con los árboles, con los dioses. Yo ni he oído hablar de eso. Yo estoy enfocado en mis nueve años, en el 2030. Esa película a mí ni me interesa. Mi enfoque es uno solo. Se llama 2030, el gran cumplimiento de mi obra.

    —¿Y qué me dices de los presos que liberaron?

    —Tremendo amor para ellos. Qué bueno que les dieron su libertad. Que se porten bien, pero que no cambien los principios. Si cambias los principios, pierdes el concepto. Los principios no son negociables.

    —¿Tu viste que sacaran a alguien de Kilo 5 y Medio?

    —No, yo no veo que saquen a nadie, yo lo que veo es que cada vez meten más. Aquí no sacan, aquí meten.

    —¿Y por qué no te conectaste con la noticia, con los rumores?

    —Yo no puedo poner mi cabeza a pensar si existe o no una posibilidad. Esa película no es buena. Te demacra, te destruye, yo tengo que hacer ejercicios, tengo que tratar de alimentarme bien. Tengo que pelear, esto aquí es de pinga. Mira, de pinga.

    —Pero tuviste que haber pensado en algún momento, tener alguna ilusión.

    —No, nada.

    —No te creo.

    —El otro día me metí en la película, yo estaba en el patio, y se me engarrotaron todos los músculos, me empezó a subir la presión. Te pones a pensar un momentico en alto tan turbulento como lo que está pasando y te das cuenta, bróder… en fin, deja eso. ¡Qué voy a pensar yo en salir! Yo pienso en el 2030. Si pienso en otra cosa, me vuelvo loco.

    Lo primero que va a hacer cuando salga de la cárcel, dice, «es refulgir», y luego organizar un concierto multitudinario con toda la escena urbana de Cuba, «sin discriminar a nadie, porque todo el mundo a su manera es real. Si le das su espacio, si lo respetas, todo el mundo es real». Antes de que acabe la última de las llamadas, Maykel canta una balada pop que ha imaginado en la voz de Descemer Bueno, un tema de despecho que nadie que lo escuche un día va a suponer compuesto desde el fondo de una cárcel perdida en el campo de un régimen totalitario. «En mi cama solo faltas tú. / Hay tristeza desde que se fue tu luz. / Las mañanas nublan mi razón de ser / y la noche me hace enloquecer, también».

    Le digo que se cuide.

    —No te preocupes —me contesta—. Yo ando con Cristo y los fenómenos.

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    Carlos Manuel Álvarez
    Carlos Manuel Álvarez
    Bebedor de absenta. Grafitero del Word. Nada encuentra más exquisito que los manjares de la carestía: los caramelos de la bodega, los espaguetis recalentados, la pizza de cinco pesos. Leyó un Hamlet apócrifo más impactante que el original de Shakeaspeare, con frases como esta, que repite como un mantra: «la hora de la sangre ha de llegar, o yo no valgo nada». Cree solo en dos cosas: la audacia de los primeros bates y la soledad del center field.

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