Paulo FG: cómo le dicen, cómo le llaman…

    El sentimiento de orfandad musical que en años recientes se instaló en muchos de nosotros tras la partida de Juan Formell, José Luis Cortés El Tosco, Adalberto Álvarez y César Pupy Pedroso, se ahondó con la sorpresiva y trágica muerte de Paulo FG, el pasado 1 de marzo. Los cinco fueron líderes de una de las etapas recientes más significativas de la música popular bailable después de 1959, a pesar de su insuficiente impacto en el mercado internacional de la música. 

    La desazón conduce al inevitable recuento de todo lo que hemos perdido, aunque quizá no seamos conscientes del aporte de cada uno de ellos no solo a la música cubana y afrocaribeña, sino al imaginario del divertimento en varias generaciones de cubanos en la isla y en la diáspora.

    Ni la historia, ni la crónica de la música popular bailable de los últimos 35-40 años pueden escribirse sin el nombre de Paulo FG. Tuve la suerte de trabajar en los años 90 en Magic Music, uno de los dos sellos discográficos españoles radicados en Cuba, que, con conciencia de quien asiste a un hecho trascendente, recogieron el fenómeno de la timba en los noventa (la otra fue Caribe Productions). Desde la distancia conveniente que te permite la condición de ser una trabajadora más, alguien sin importancia, asistí deslumbrada al encumbramiento de aquel muchachito que había empezado a cantar en Iya Son, Fantástica Son, Los Yakos, Galaxia, y que luego siguió su paso exitoso en Adalberto Álvarez y su Son, Opus 13 de Joaquín Betancourt, y el Dan Den de Juan Carlos Alfonso.  

    Alto, delgado, dress to kill siempre, y con una voz y una manera de sonear que remitía a los grandes nombres: Miguelito Cuní, de Abelardo Barroso, Carlos Embale, Benny Moré, pero que traía la frescura de su generación y la guapería del barrio. Me encantaba Paulito, y como a mí, a muchas y a muchos. Su imagen escénica reactualizaba la figura del sonero tradicional, acercándola a la gente joven de su tiempo. Era nuestro latin lover timbero, como mismo lo fue, en el son, la guaracha y el bolero, Fernando Collazo y Miguelito Valdés para las abuelas, y después Fernando Álvarez y Benny Moré para las madres de aquella generación. 

    Cuando Paulo FG firma con Magic Music, ya había grabado en 1995, como cantante de Opus 13, el álbum Reclamo por tu cuerpo, donde compuso cinco de los ocho temas: Rap de la Bicicleta, Son deseos, Hay que cogerla, Las cosas de Pepito y su popular Tú no me calculas, y donde graba por primera vez Ana Elena (Joaquín Betancourt), uno de sus grandes y primeros éxitos. Como compositor, Paulo era tan eficaz como con su voz y performance. Ese mismo año sale su primer disco con Magic Music, Sofocándote, y un año después, en 1996, El bueno soy yo, ambos publicados también en Cuba bajo el sello EGREM.

    Desde mi silencio necesario, me fascinaba ver sus diálogos con Francis Cabezas, el dueño y fundador de la disquera Magic Music, que, justo es decirlo, siempre vio su extraordinario potencial y trabajó para difundirlo y proyectarlo internacionalmente. Me encantaba ver cómo Paulito defendía dónde, cuándo y qué música hacer. No quería perder ni un milímetro del control de su carrera. Era un tipo seguro de sí mismo, de su talento y de sus singulares caminos para «pegarse» siempre desde la música. Un líder sobre la tarima, capaz de llevar hasta el clímax a una multitud lo mismo en La Tropical, en La Piragua, que en El Palacio de la Salsa; de popularizar cuanto coro imaginara, de sofocar a todo un país y ponerlo a cantar y a bailar a su antojo.  Un compositor con el oído pegado a ras de pueblo, un improvisador tremendo, un cantante versátil, excelente lo mismo en la timba que en los boleros, donde a veces, con aquella guapería suya de los inicios, sonaba a un Rolando Laserie postmoderno; un artista extraordinariamente carismático, con unos recursos expresivos con los que conectaba de inmediato con el público. 

    El anecdotario sobre su carisma, liderazgo y cubanía recoge numerosos momentos sobre los que alguien, seguramente, escribirá con veracidad en el futuro: de aquel duelo de soneros en el programa Mi Salsa ha quedado un video, cuya calidad de digitalización amerita una remasterización acorde a su maravilloso contenido y el significado histórico de aquel encuentro de auténticos soneros;  su aparatosa y «especuladora» llegada a backstage en el primer concierto del Team Cuba, que cerró parte el Prado habanero, y que reunió a la realeza de la timba cubana de los 90; con Manolín El Médico de la Salsa, en su legendario y prolongado duelo de imagen, canciones, inspiraciones, puyas y provocaciones, como uno de los muchísimos antecedentes de las tiraderas del reguetón y el reparto de hoy; lances cuerpo a cuerpo que nunca supe si fueron reales o inventados, pero que sin duda, por ser como somos, se sumaron como un elemento más a la adoración popular en esa etapa donde El Sofocador de La Habana fue uno sus reyes.

    Paulo grabó muchos otros discos, beneficiados por la acertada mancuerna que formó con el experimentado compositor y arreglista Juan Manuel Ceruto. Todos recorren su fórmula de éxito: mantener sus esencias, oír y pulsar la vida de su gente y buscar vías para insertarse en las tendencias musicales y artísticas de su tiempo. Estoy segura de que las comunidades de cubanos en la isla y la diáspora, y los miles de fanáticos timberos en otros países, seguirán sofocándose con su música, que también alivia el peso con que tantos cargamos en nuestro paso errante por el mundo.

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