LA PONCIA: «¡Nunca tengamos ese fin!»
La casa de Bernarda Alba. Federico García Lorca.
Es sábado 4 de mayo y solo faltan unos minutos para la entrada del público. Sobre el escenario, frente al teatro aún vacío, los actores hacen ejercicios de voz y respiración. Se mueven sobre las tablas y sus pasos forman un crescendo. Cuando terminan el calentamiento, ocupan sus lugares tras el telón y las cortinas. Ninguna de las personas del público imagina el alboroto que había aquí poco antes de su entrada. La sala está llena de jóvenes que, de alguna manera, se conocen. La mayoría son muchachos que recién terminan el preuniversitario. Sus estilos son diversos, pero casi todos mantienen un código: están vestidos de negro.
La obra comienza con la entrada de La Poncia y la Criada. La veo por segunda vez, pero esta función es especial, porque El Trébol Gitano debuta en un teatro propiamente dicho. Es apenas el segundo montaje del grupo. La puesta anterior fue para familiares e invitados en Ediciones Vigía, ciudad de Matanzas. Hoy la obra transcurre de manera distinta debido al acompañamiento de las luces y a la acústica que genera el espacio. Por otra parte, se pierde un poco de la escenografía natural que había en el preestreno.
Son cerca de las diez de la noche y la obra casi termina.
Adela ha muerto. Tiene puesta la máscara de la luna y lleva un vestido blanco.
LA PONCIA: «¡Nunca tengamos ese fin!»
Bernarda se transfigura y descarga su ira contra Pepe el Romano a la vez que da gritos porque su hija ha muerto virgen.
MARTIRIO: «Dichosa ella mil veces que lo pudo tener.»
La muerte de Adela es la válvula de escape para las tensiones de la obra y la solución de los conflictos.
Hay aplausos y el público sale poco a poco. Una amiga, al terminar la función en Vigía, me dice que todo le ha parecido muy valiente.
Repetir, cambiar, repetir
Es 14 de abril de 2024, domingo y son cerca de las nueve de la mañana. Después de seis meses de ensayo, faltan apenas 14 días para el estreno de la obra. Subimos a la segunda planta de un edificio gris con portal enorme y ya casi todos están ahí, solo falta Emely. Una vez llegue empezará el ensayo hasta las seis de la tarde, con pequeños descansos intermedios.
Mueven de lugar los sillones y una mesa de centro. Traen sillas y varios abanicos. Pero casi nada de esto forma parte del verdadero atrezo de la obra. Aquí utilizan los muebles de la casa, ya que los otros son muy grandes y pesados. Todo lo que utilizarán en escena, Anthony lo guarda en un cuarto desocupado, y otro poco en Ediciones Vigía, el lugar del estreno. Las máscaras de los segadores, de la luna y la oveja fueron hechas con cartones de huevo. Anthony los moja y luego los mezcla con harina y pegamento. No parece que pueda pasarle nada a las piezas si caen al suelo.
Mientras conversamos, Anthony dice que no tienen jefe y que funcionan sin jerarquía, pero Emely lo frena:
—Yo creo que si mañana salgo del Trébol, no pasaría nada, pero si tú te vas, hasta ahí hubo grupo.
Luego se vuelve hacia nosotros y asegura que no sabrían qué hacer sin Anthony. Finalmente, todos llegan a la conclusión de que, si bien no hay jefe, Anthony es el creador. Él también está de acuerdo.
Cada dos o tres diálogos tienen que cambiar los muebles de lugar porque el espacio es muy pequeño y deben ajustarse. También paran, repiten, «cambia el tono, mastica las palabras, coloca la voz», y repiten de nuevo. En dependencia de la escena, cantan, gritan, Dernis toca la guitarra, pero nada parece molestar en la casa. Aquí viven Anthony y su familia, quienes piden permiso si hay que hablar por teléfono en medio de un ensayo. Nadie se queja y por momentos parece que nadie más viviese con él.
Algunas escenas han tenido que cambiar sobre la marcha, porque las montan en esta habitación y luego el espacio no coincide con el espacio de Vigía. Suele ser algo normal en el montaje de cualquier obra. Sin embargo, ya han ensayado en la azotea del edificio, que antes fue una estación de ferrocarriles e incluso en plena calle, al costado del inmueble.
Un grupo de teatro independiente en Matanzas
Desde su creación, El Trébol Gitano ha variado en el número de actores. Algunos llegan y otros se van. Como es lógico, a ellos también los alcanza la crisis migratoria. En lo que va de año se han ido más de cuatro personas. Sin embargo, no todos se marchan a otro país, sino que hay muchachos que se han presentado a las pruebas de la Escuela Nacional de Arte (ENA) o que han llegado de otra forma a La Habana. Aunque represente una pérdida para el grupo, Anthony está de acuerdo con eso, «con ser un destino de paso».
—Ellos descubren el teatro por nosotros y luego conocen los talleres y se deciden por la ENA. Uno se convierte en un facilitador.
Además, ellos plantean que la esencia de El Trébol está en Matanzas y no tendría sentido que el grupo se fuera a otra parte porque les parece que en la ciudad hay un vacío en el teatro para adolescentes. Ese es su público objetivo y para él trabajan, es decir, establecen una diferencia entre el grupo y sus miembros de forma individual, donde El Trébol es más bien un espíritu creador.
Todo esto, sumado a que son un grupo de teatro independiente, dificulta el proceso de montaje de La casa de Bernarda Alba, una obra que ya habían prometido al público. Mientras tanto, hicieron una pasarela con los vestuarios y las máscaras de la obra.
«[La pasarela] está íntimamente ligada al teatro porque ahí, de una forma u otra, en la selección de música, vestuario y el orden en que salían los actores contamos un poco La casa de Bernarda Alba. Tenía una dramaturgia», dice Anthony. A la par, llenaban la ciudad con stickers de su logo y un código QR que llevaba a sus redes sociales. Fue la forma que encontraron para que la gente no los olvidara después de tanto tiempo.
A medida que se acercaba la fecha del estreno, hacían pequeños spoilers en funciones breves o collages con textos de distintas escenas. Finalmente, a menos de una semana del preestreno, anunciaron los horarios en sus historias de Instagram, pidiendo que todos fuesen de negro, «propiamente vestidos» para dar sepultura a Antonio María Benavides.
El caos
El patio interior de Ediciones Vigía se abre en un círculo que da al cielo. Entre las once de la mañana y las cuatro de la tarde, el sol es insoportable en esta época del año. Hay una pequeña parte techada, pero ellos ensayan a la intemperie porque ese es el espacio del día de la función. Al final hay un muro por el que baja un enorme jazmín desde hace años, cuyo olor es perceptible desde que pasas la puerta.
Esta vez el ensayo es distinto. Ya usan los vestuarios de sus personajes, tienen las sillas verdaderas, además, se cuidan de no pisar una tapa de alcantarilla que hay en el centro del patio. Detrás de lo que parece una puerta de almacén, montaron una especie de camerino donde los personajes se cambian de ropa entre escenas. De la parte superior del marco colgarán el día del estreno una tela blanca que llegará hasta el piso. También ha venido Ernesto de la Cal, un actor que no estuvo en el ensayo anterior y que tampoco estará en el próximo ensayo en casa de Anthony. Ahora parecen más nerviosos que ayer. Tienen que arreglar algunas cosas y el tiempo corre. Cambiar algo en una obra muchas veces supone cambiar parte de lo que va después.
Los trabajadores de Vigía pasan cada tanto. Algunos van al baño y otros desaparecen en una de las habitaciones que dan al patio. A veces se detienen a mirar el ensayo. Cerca de las once de la mañana llega Sonia María Cobos, que los ayuda con la dirección de artistas. Se ven un poco tensos cuando ella manda cambiar o repetir una y otra vez, pero, al mismo tiempo, ansían que les corrija su parte. Poco a poco, hasta pasadas las doce, ajustan detalles, luego hacen una pausa para almorzar. Después siguen durante toda la tarde.
Nos volvemos a ver el 17 de abril, once días antes del estreno, en un ensayo caótico que se alarga hasta después de las seis de la tarde. En un momento, el coro no sale. Dernis los ayuda con la afinación y el tono, pero nada. Repiten de forma individual y tampoco, no hay manera. Pasan ahí un buen tiempo, hasta que Anthony decide no cantar el coro, sino actuarlo. El resultado final no es ni una cosa ni otra. Esa es un poco su esencia: mover las sillas una y otra vez, con la certeza de que nunca habrá un sitio exacto para cada una, y que deberán reajustar en cada escenario al que vayan. Así sucede hoy, cuando faltan miembros del grupo que se solo más tarde se enterarán de los cambios.
El Trébol Gitano
La mayoría los integrantes se conoce desde antes de fundar el grupo, de los talleres con Miriam Muñoz o de verse en la calle y los teatros. Matanzas es una ciudad pequeña. Un día se les ocurre reunirse en una fiesta. Hacer algo relajado, pero teatral, donde cada uno lleve un texto para dramatizarlo. Al principio no tienen local, hasta que encuentran su primera «sede»: la casa de Mauricio Cifuentes. Programan el montaje y poco a poco convierten todo en una obra en sí, presentada a un público familiar. Así nace el grupo, en aquel entonces El Trébol Rojo, el mismo nombre del negocio que Mauricio llevaba en su casa. Montan Soñar, una obra que, más que nada, parecía gritar aquí hay algo, aquí hay una generación joven que tiene ganas de crear, aquí hay una generación que experimenta un vacío y no va a esperar a que nadie lo llene.
La última función en aquella casa fue un homenaje a Federico García Lorca, cerca del cinco de junio, aniversario de su nacimiento. El espectáculo dura menos de media hora. De ahí, un grupo de público y artistas mezclados va para un concierto y luego, mientras deambulan por la ciudad, se percatan de que hay luna llena.
«Había una luna así de amarilla como la del logo de nosotros, pero llena, llena, llena. Era amarilla y redonda. Y yo dije ese día «bueno, algo realmente bueno hicimos para que Federico García Lorca nos premiara con esta luna», cuenta Anthony.
De ahí viene, en parte, su nombre actual. Se llaman El Trébol Gitano porque dejaron de tener local fijo. El 17 de junio de 2023 anunciaron en un reel en Instagram la nueva etapa del grupo. Además, se vincularon a todo el imaginario lorquiano, con su estética y sus imágenes, que serían usadas en su próxima obra.
Son un grupo aún en construcción, y hay que cosas que no quedan definidas, pero lo que sí saben con seguridad es que actúan de modo independiente y que no esperan más apoyo que el de otros artistas. Sin embargo, Anthony tiene claro que en este momento la independencia total sería muy difícil para ellos. Mantienen un diálogo con artistas de la ciudad y llegan a acuerdos en cuanto a las presentaciones. Para mantenerse, ofrecieron funciones comerciales. Su público fijo son los jóvenes de la ciudad, y llegaron a presentarse en bares.
Luego se cansan y crean Co-Nexos, «una plataforma donde El Trébol ayuda a que otros artistas se puedan promocionar», según Anthony, quien funge de organizador junto a Arianna Talavera. También buscan, con la plataforma, establecer una especie de retroalimentación donde los actores llevan público a otros artistas y viceversa.
Mientras tanto, piensan montar otra obra con el presupuesto reunido. En una noche Co-Nexos genera el dinero para las sillas del texto que preparan.
Primera vez en un teatro. Las cartas del Tarot
Todavía falta tiempo para la entrada del público y ellos aún no calientan la voz. Miden el espacio en el escenario porque también han debido reajustar la obra para este local. Pegan cinta en el piso para marcar los lugares donde van las sillas y prueban las luces. Se agitan y corren por todas partes y se llaman a los gritos unos a otros. Ernesto pide que pongan las luces de una de sus escenas, pero aquello que ponen no es lo que recordaba. No se sabe dónde estuvo el error y al final lo dejan así. No hay tiempo para corregir. Ahora sí preparan su voz. Detrás del telón pueden escucharse los ruidos del público en la sala. Han puesto incluso sillas en el pasillo.
Para marcar momentos de la obra, Anthony combina cartas de brisca y del tarot. La primera es el cinco de copas, que aparece luego del funeral de Antonio María Benavides y se convierte en cinco copas de limonada. También aparece el tres de oro para representar el dinero de Angustias. El grupo también usa las cartas para que sea más fácil identificar a cada personaje. Está el Sol, asociado a Pepe el Romano y pintado en el dorso de la carta de Angustias, pues solo con su dinero puede tener a Pepe. Cada una de estas láminas fueron hechas por Anthony: el dos de espadas, el uno de basto, la Torre y la Muerte. Esta última aparece cuando la obra casi termina y vemos a Adela muerta. Su máscara de la Luna representa la feminidad.
BERNARDA: ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!
Así termina todo. Al salir, intercambiamos opiniones. Al lado nuestro, un muchacho comenta que no pudo entrar a la obra y que afuera había más o menos la misma cantidad de público que adentro. En ese sentido fue un éxito. La mayoría quedó impactada por el paréntesis en la obra en el que Emely da testimonio del acoso masculino a lo largo de su vida, con momentos sumamente íntimos y violentos. Ahí descansa uno de sus propósitos con la obra: volverse un espejo o un apoyo para que otras mujeres puedan contar y denunciar lo que les sucede. El Trébol Gitano es el segundo grupo independiente de la ciudad, después de I want. La noche de Matanzas es un poco menos estática y repetida, y cada vez hay un movimiento mayor de artistas jóvenes que se reúnen alrededor de El Trébol. Habrá que ver entonces qué camino toma esta comunidad, cuánto permanece.